Hoy existe una menor tolerancia al error público.
La explicación radica en la convergencia entre la hiper exposición mediática, la moralización del discurso y las dinámicas contemporáneas de vigilancia social. Las redes sociales han transformado el error, antes entendido como parte del proceso creativo, humano o incluso artístico, en un evento sujeto a juicio inmediato y permanente.
Opera así lo que puede llamarse una lógica de rendición de cuentas constante: todo acto, palabra o producción es evaluado no solo por su contenido, sino por su adecuación a marcos éticos cambiantes y, a menudo, contradictorios.
El error deja de ser corregible para convertirse en una marca indeleble, lo que favorece la autocensura. En consecuencia, se impone una demanda de corrección preventiva que privilegia la aceptación social por encima del riesgo creativo.
En este contexto, “Trashed” de Black Sabbath difícilmente habría existido hoy… ni siquiera el álbum que la contiene.
Born Again, álbum de 1983, es uno de los discos más controvertidos, incomprendidos y extremos en la historia de la banda. Tras la salida de Ronnie James Dio y el colapso interno del grupo, Black Sabbath incorporó a Ian Gillan, vocalista de Deep Purple, quien nunca se mostró particularmente entusiasmado con la idea.
“Al principio no quería ni oír hablar del tema. Nunca me había gustado la imagen de Sabbath y no me veía al frente de un grupo con un mensaje negativo”, declaró Gillan tiempo después.
Cuando la prensa supo de su ingreso, el grupo fue rebautizado irónicamente como “Deep Sabbath”. Nada auguraba estabilidad. Y, en efecto, todo salió mal.
La portada: Steve Joule fue el responsable de la controvertida portada de Born Again. Temiendo conflictos con Ozzy Osbourne, envió bocetos deliberadamente descuidados con la intención de que fueran rechazados; sin embargo, a la banda le gustaron y aceptó el encargo. Inspirado en una portada de la revista Mind Alive (1968) y bajo el influjo de alcohol y drogas, Joule transformó la imagen de un bebé recién nacido en una figura grotesca, con colmillos, garras y cuernos, bañada en colores psicodélicos.
La reacción fue polarizada: Ian Gillan la detestó al punto de vomitar al verla y arrojar las copias por la ventana; Tony Iommi y Geezer Butler, en cambio, quedaron satisfechos con el resultado.
El sonido: Tras concluir la grabación, la banda descubrió que el álbum había sido mezclado de forma deficiente: sonidos saturados, frecuencias bajas descontroladas y una producción descrita como “chillona” y “delgada”. El resultado es un sonido violento, incómodo, casi hostil. Irónicamente, décadas después, músicos de doom, sludge y metal extremo lo citarían como influencia precisamente por su crudeza y su absoluta falta de concesiones.

Las letras: No hay aquí la épica de Dio ni la oscuridad mística de Ozzy. Lo que aparece es sarcasmo, paranoia y exceso. “Trashed” es el mejor ejemplo.
Gillan escribió la letra a partir de un incidente real ocurrido durante las grabaciones en The Manor Studio, propiedad de Richard Branson, a las afueras de Oxford. Una noche, tras emborracharse en un pub cercano, decidió conducir en la pista del hipódromo contiguo. Golpeó un montón de neumáticos; en la siguiente vuelta, los arrolló de nuevo, volcó el coche y salió despedido a gran velocidad, deteniéndose a escasos metros de la piscina del lugar.
Gillan llevaba casco y salió ileso, pero el coche quedó destrozado. Al día siguiente escribió la letra y descubrió que el vehículo no era suyo, sino de Bill Ward. Las “ladies of the manor” aluden a groupies y visitantes habituales del estudio; “Peter” es Peter Resty, técnico de guitarra de Iommi; “Greenfly”, el jardinero del lugar.
Desde su lanzamiento, “Trashed” generó polémica. En 1985, el Parents Music Resource Center (PMRC) la incluyó en su lista de las quince canciones más ofensivas, acusándola de glorificar el consumo de alcohol y drogas. La crítica no era errónea: la canción no funciona como advertencia. Gillan no se arrepiente; se divierte.
En los años ochenta, Born Again surgió del caos real: una banda histórica sin rumbo, un vocalista fuera de contexto, alcohol, accidentes, decisiones tomadas sin filtro y una producción deficiente. Ese descontrol no era una pose: era el proceso mismo.
Hoy, la industria tiende a corregir, pulir y anticipar el desastre antes de que ocurra. Un disco así quizá podría existir, pero sería marginado, suavizado o empujado al olvido. En 1983, aquello se leía como exceso rockero; hoy sería un escándalo inmediato, amplificado, juzgado y cancelado antes de convertirse en canción. El contexto cultural actual exige explicación, disculpa y control.
“Trashed” no ofrece nada de eso.
Solo ruido, culpa y resaca.
Como la vida misma.
