Huir es moverse desde el miedo.
Es correr con el pecho apretado, con la respiración rota, mirando por encima del hombro porque algo persigue: la culpa, el ruido, el pasado. Huir no elige dirección, sólo distancia. El cuerpo se adelanta a la mente y los pasos no saben adónde van. En la huida, uno no se salva: apenas se retrasa el impacto.
Alejarse, en cambio, es un acto consciente.
No nace del pánico, sino del cansancio lúcido. Es cerrar una puerta sin azotarla, dejar las llaves sobre la mesa y aceptar que no todo merece ser defendido. Alejarse no niega el dolor, lo reconoce y aun así decide no quedarse a vivir dentro de él. No es cobardía: es economía emocional.
Huir grita; alejarse guarda silencio.
Huir quiere desaparecer; alejarse quiere seguir existiendo sin desangrarse. En la huida, el mundo persiste como amenaza; al alejarse, el mundo queda atrás como una lección aprendida. No se trata de escapar del incendio, sino de no volver a construir la casa en el mismo terreno.
En “Why?” de Devin Townsend toca este tema. La canción pertenece al álbum Empath, publicado el 29 de marzo de 2019 y considerado uno de los trabajos más ambiciosos y personales de su carrera.
El disco se caracteriza por una fusión extrema de géneros: metal progresivo, música orquestal, jazz, electrónica, pop y pasajes acústicos. Para su realización, Townsend contó con una amplia gama de colaboradores destacados como Steve Vai, Morgan Ågrenm, Ché Aimee Dorval y Anneke van Giersbergen; entre otros.
“Why?” es la séptima canción.
“Darling, are you feeling alright?
Take a look at your fear
And all our fate is, all are faith in all
But why run away?
Why? When we can just walk away why, why, why?”
(Cariño, ¿te sientes bien?
Mira de frente a tu miedo
Y todo nuestro destino es, toda nuestra fe lo es todo
Pero ¿por qué huir? ¿Por qué?
Cuando podemos simplemente alejarnos, ¿por qué, por qué, por qué?)
La interpretación en vivo es majestuosa:
Huir agota porque nunca se detiene.
Es un movimiento perpetuo que no concede descanso, un impulso que nace del miedo y se alimenta de él. Quien huye no decide, reacciona; no mira, esquiva. En la huida no hay aprendizaje, solo desgaste: cada paso arrastra el anterior y el cansancio se acumula como una deuda imposible de saldar. Huir es vivir en estado de alerta, condenado a repetir el mismo gesto sin resolver nada.
Alejarse, en cambio, exige una pausa. Obliga a mirar lo que duele sin convertirlo en persecución. Alejarse es aceptar la pérdida sin dramatizarla, reconocer que no todo conflicto merece ser ganado ni toda herida suturada de inmediato. Duele porque implica renuncia, pero libera porque restituye el control: uno decide cuándo, cómo y hasta dónde seguir.
Por eso huir es perderse. En la carrera se diluye la identidad, se confunden los motivos, se abandona el centro. Alejarse, aunque lastime, es un acto de precisión: es trazar un límite, marcar un territorio propio. No es desaparición, es reubicación. No es fuga, es conciencia.
Y ahí ocurre lo inesperado: al dejar de correr, aparece el silencio; en ese silencio, la forma. Alejarse no salva de todo, pero permite algo más raro y valioso: volver a encontrarse sin máscaras, sin ruido, sin miedo.
Porque huir es perderse… y alejarse, aunque duela, es finalmente encontrarse.
