La vocalista de Wolf Alice, Ellie Rowsell, contó a la revista Consequence of Sound, dos inspiraciones detrás de “Don´t Delete The Kisses” de su álbum de 2017 Visions of a Life.

Quería escribir una canción de amor porque me sentía enamorada. A veces me cuesta pensar con mis sentimientos en lugar de con mi cabeza, lo cual no es bueno cuando se trata del amor. Quería que la música fuera emotiva y perfecta para un viaje largo. Había visto a Father John Misty en un festival en España y tocó ‘True Affection’, que es mucho más potente en directo, y el sintetizador me transmitió toda la emoción, así que quería algo así en la melodía.

“También me encanta esa canción ‘Drinking In LA’ (de Bran Van 3000), que me da un tipo de sentimiento similar y supongo que eso fue lo que me influyó para cantar más con palabra hablada en los versos, pero también porque tenía mucho que decir”, expresó sobre la canción.

¿De qué habla “Don´t Delete The Kisses”?

Explora la incertidumbre emocional, la timidez y la pasión juvenil, con letras que reflejan la duda y el deseo de mantener viva una conexión amorosa a pesar del miedo a ser rechazado.

“Instead, I’m typing you a message

 That I know I’ll never send

Rewriting old excuses

Delete the kisses at the end

 When I see you, the whole world reduces

To just that room”

 

(En cambio, te estoy escribiendo un mensaje

que sé que nunca enviaré.

Reescribiendo viejas excusas,

borro los besos al final.

Cuando te veo, el mundo entero se reduce

a solo esa habitación)

Vista desde el futuro, “Don’t Delete the Kisses” deja de parecer una canción sobre ansiedad juvenil y se revela como un documento incómodo: el registro de un amor que nunca se atrevió a existir del todo. Ya no suena tierna, suena culpable.

Cada duda, cada mensaje no enviado, cada beso guardado es ahora evidencia de una cobardía aprendida. No fue el mundo el que se interpuso, fuimos nosotros, paralizados por el miedo a sentir demasiado en una época que nos entrenó para retirarnos antes de perder.

Desde este mañana, la súplica “don’t delete the kisses” se vuelve cruel porque sabemos lo que pasó después: los besos sí se borraron. No por maldad, sino por desgaste. Por mudanzas emocionales, por nuevas narrativas que exigieron limpiar el pasado para no incomodar el presente. Lo que en su momento parecía prudencia era, en realidad, autoaniquilación afectiva.

No protegerse, sino mutilarse lentamente para no sufrir de golpe. El amor no murió: fue administrado hasta desaparecer. El verdadero fracaso no fue amar mal, sino no amar por completo. Y eso, con los años, pesa más que cualquier ruptura.

 

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