Hay canciones que te acompañan en una ruptura. Y luego están las que te explican por qué sigues ahí cuando ya no deberías. “Ex-Factor” de Lauryn Hill no fue escrita para cerrar ciclos, sino para exponerlos. Para nombrar ese desamor silencioso, adulto, incómodo, en el que no te abandonan del todo, pero tampoco te sostienen. El amor que intentas meter a la fuerza donde ya no cabe.

Hay un tipo de desamor que no llega como un portazo, sino como una costumbre. No te grita que te vayas, pero tampoco te invita a quedarte. Es ese amor mal acomodado, el que sostienes más por fe que por evidencia, el que defiendes incluso cuando ya no te defiende a ti. “Ex-Factor” habla exactamente de ese lugar: no del final, sino del intermedio eterno donde sabes que algo no funciona y aun así sigues empujando, porque soltar también duele.

Cuando The Miseducation of Lauryn Hill apareció en 1998, Lauryn tenía 23 años y una claridad emocional que incomodaba. En 1999 ganó el Grammy a Álbum del Año, algo histórico para una mujer negra y no fue sólo un premio musical: fue el reconocimiento de una voz femenina que pensaba, sentía y mandaba en su propio relato. Lauryn no solo cantaba sobre el amor, lo analizaba. Y eso, para la industria, era peligroso.

Ese disco también llegó después de una ruptura profunda: la de los Fugees. El grupo no se separó sólo por agendas o egos, sino por algo más frágil y más humano. Había tensiones emocionales, una relación personal no resuelta entre Lauryn Hill y Wyclef Jean, silencios mal manejados y una fama que creció más rápido que la capacidad de procesarla. Los Fugees se rompieron porque la vida se metió en la música, y no todos estaban listos para sostenerlo. “Ex-Factor” no puede entenderse del todo sin ese contexto: es una canción atravesada por una historia real, no por una idea abstracta del desamor.

Después vino el silencio. No la caída ni el olvido, sino la retirada. Lauryn eligió desaparecer del centro del espectáculo antes que desgastarse. Pasaron 27 años sin verla pisar el escenario de los Grammy hasta que reapareció en la edición 68 para rendir homenaje a dos pilares de la música negra: D’Angelo y Roberta Flack. No volvió a competir, volvió a honrar. Cantó “Nothing Even Matters” y luego “Killing Me Softly”, la versión noventera que ella misma resignificó con los Fugees y que convirtió una balada de los setenta en un himno generacional. El público se puso de pie. No fue nostalgia: fue memoria viva. Fue entender que su ausencia nunca significó irrelevancia.

Esa tensión entre presencia y silencio ya estaba escrita en “Ex-Factor”. El título no habla solo de un ex, sino de ese factor invisible que te mantiene atado cuando todo indica que deberías irte. El apego. La esperanza. El miedo. El no querer aceptar que ya no es ahí.

“It could all be so simple, but you’d rather make it hard”
(Todo podría ser tan simple, pero tú prefieres hacerlo difícil)

No hay dramatismo exagerado, hay agotamiento. Lauryn canta desde el punto exacto en el que ya lo intentaste todo. Y duele porque muchas veces ese “tú” también somos nosotros, complicando lo que ya estaba claro.

“Tell me who I have to be to get some reciprocity”
(Dime quién tengo que ser para recibir reciprocidad)

Aquí el amor deja de ser refugio y se convierte en negociación. Cuando ya no preguntas si te aman, sino qué versión de ti sería suficiente. Cuando empiezas a ceder partes de tu identidad con tal de no perder a alguien.

“What I gotta do to be loved”
(Qué tengo que hacer para ser amado)

No es una frase débil. Es una confesión brutalmente humana. Porque a casi todos nos han roto el corazón, sí, pero lo más doloroso es cuando nos lo rompemos solos, quedándonos, justificando, empujando una historia que ya no nos sostiene.

Lauryn Hill siempre fue complicada porque nunca quiso ser cómoda. Su carrera fue breve en cantidad, pero inmensa en impacto. Dijo lo que tenía que decir cuando todavía ardía y luego eligió cuidarse antes que repetirse. Por eso su regreso no se siente como tal, sino como coherencia.

“Ex-Factor” sigue doliendo porque no te consuela. Te explica. Y en eso Lauryn Hill es la jefa: la artista que entendió que amar también es perderse y tuvo el coraje de dejarlo grabado, sin maquillaje, para todos los que alguna vez intentamos meter el corazón donde ya no cabía.

 

 

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