Alfonso y yo nos conocimos en la preparatoria, y nuestra amistad trascendió el final de esa etapa. Nos unieron la música compartida, las bromas mutuas y una confianza que siempre imperó entre nosotros. Nos veíamos de vez en cuando.
Una de esas tardes, en 1995, estábamos sentados en el centro de la ciudad cuando surgió de su parte la idea de ir al concierto de Bon Jovi que tendría lugar en la Ciudad de México. Para él sería su primer concierto; para mí, el segundo, pues yo me había estrenado con Poison dos años antes.
En aquellos días, el boleto nos costó 350 pesos y nos fue entregado de inmediato en Discolandia, impreso en un cartón que él conservaría durante meses. Todo muy lejos de la extorsión evidente en la que se ha convertido Ticketmaster. Rentamos un taxi que nos esperó durante todo el concierto.
A partir de ese día y a lo largo de los siguientes 25 años, Alfonso y yo fuimos compañeros de conciertos. Hubo momentos en los que llegamos a tener hasta ocho boletos en la mano para distintos eventos del mismo año. Teníamos una costumbre: por cada concierto, una taza. Si alguno asistía a uno al que el otro no podía ir, debía comprar la pieza para la colección del ausente.
A veces no compartía el gusto musical de mis propuestas, pero su respuesta era siempre la misma: “Debo ir; creo que es por cultura general”.
La siguiente propuesta vino de su parte: ir a ver a James en el Plaza Condesa, el 29 de marzo de 2017, como parte de The Girl at the End of the World Tour. La banda había sido headliner en el Corona Capital en 2010 y ya había visitado el país dos años antes.
—La verdad, no sé si me gustaría verlos en vivo —le dije con franqueza.
—Creo que debemos ir; recuerda que es por cultura general —insistió.
¿El resultado? Uno de los mejores conciertos a los que he asistido, gracias a la conexión que Tim Booth establece con el público. No solo fue una extensa lista de canciones que ya me gustaban, sino verlo acercarse a los asistentes, caminar entre ellos y sonreír sin pausa, con esa extraña paz que su rostro conserva incluso en la euforia.
Fueron 18 canciones en total. El concierto abrió con “Out To Get You” y continuó, entre otras, con “Curse Curse”, “Interrogation”, “Moving On”, una de mis favoritas personales en ese momento, “Say Something” y “She’s a Star”.
Luego llegó otra de mis preferidas: “Just Like Fred Astaire”. Es la segunda canción del álbum Millionaires (1999) y fue su segundo sencillo previo al lanzamiento del disco. Se trata de una canción de amor directa y sin reservas, escrita por Tim para su prometida, Kate.
Originalmente se titulaba simplemente “Fred Astaire”, pero los herederos del bailarín se opusieron al uso de su nombre e imagen. En Europa, suele utilizarse como la primera canción que bailan los recién casados en las bodas.
Al final del concierto, mientras comíamos unos tacos frente al Plaza Condesa, le agradecí a Alfonso por haber insistido. En conversaciones posteriores, solía salir a colación mi resistencia inicial a ver a la banda en vivo.
Después de la pandemia, en 2022, asistimos juntos al concierto de Rammstein, y ahí Alfonso me dio una noticia que me entristeció.
—Pienso que será uno de los últimos conciertos a los que vaya. Me cansa, ya no me emociona tanto —admitió.
Aún asistiríamos a uno más, pero no hay señales de que aquella costumbre de acudir a casi todos los conciertos vaya a retomarse. Lo lamento, porque dejaron de ser fechas marcadas en el calendario para convertirse en recuerdos que regresan sin aviso.
Hoy pienso en Alfonso no desde el ruido ni la multitud, sino desde esas pequeñas cosas que parecían insignificantes: el boleto guardado como reliquia o la taza comprada a destiempo. La vida fue acomodando otras prioridades, otros cansancios, otras distancias, y sin darnos cuenta comenzamos a despedirnos de ciertas rutinas sin decirlo en voz alta.
Ahora todo ocurre en silencio. Queda la certeza de haber compartido un tramo luminoso del camino, cuando el mundo parecía más ancho y el tiempo, inagotable. No hay reproche, solo una gratitud serena: por haber estado ahí, por haber insistido, por haber hecho de esos años algo digno de ser recordado.
Algunas amistades no se pierden; simplemente quedan suspendidas, como un eco lejano, esperando que la memoria vuelva a llamarlas.
