No había mejor hora para ver videos musicales que de tres a cuatro de la tarde.
Mi rutina era sencilla: llegar de la escuela a la una y media, hacer la tarea lo más rápido posible y encender la televisión de las 15:00 a las 16:00. Después de esa hora comenzaba la barra programática normal y mi papá regresaba del trabajo para comer todos juntos.
No era MTV; era XHGC, Canal 5, que transmitía entre ocho y diez videos de la música de moda. Yo no los entendía del todo porque estaba ensimismado en la primera Ola Inglesa: The Beatles, The Who, The Kinks, The Hollies y una larga lista más.
Aun así, me había impuesto la obligación de ver lo que estaba “pegando”, de entender a los nuevos grupos y sus sencillos. Algunos se quedaron conmigo; otros se diluyeron con el tiempo. Ese fue el caso de EMF y su sencillo “Unbelievable”, que me fascinó aún más cuando lo interpretaron en vivo, ya en una entrega de premios de MTV.
“Unbelievable” es el sencillo más famoso de EMF, banda británica formada a finales de los años ochenta. Fue lanzado en octubre de 1990 y más tarde incluido en su álbum debut Schubert Dip (1991).
Este éxito definió la identidad pública del grupo y aseguró su lugar en la historia del rock alternativo de los noventa, gracias a una fusión poco común en su momento: rock alternativo, dance y sampling. Todo convivía ahí: indie británico, rave, hip-hop y pop.
La producción, a cargo de Ralph Jezzard, capturó ese instante en el que el rock comenzó a dialogar abiertamente con la música electrónica sin perder su actitud guitarrera.
La letra, lejos de cualquier romanticismo, expresa frustración y descreimiento frente a una relación tensa, encapsulada en un estribillo repetitivo y casi acusatorio: “You’re unbelievable”. No es un halago.
Con el paso del tiempo, “Unbelievable” se consolidó como un clásico generacional y uno de los temas más representativos del inicio de los años noventa. Aunque EMF continuó grabando discos, la canción eclipsó gran parte de su obra posterior y los colocó en la categoría de los llamados one-hit wonders.
Con los años, esas tardes frente al televisor se han vuelto un territorio mítico, no solo por la música, sino por el ritual: la espera, el reloj marcando las tres, el control remoto sin disputa, la sensación de que el mundo cabía en una hora exacta.
Ahí quedaron fijados no solo los videos, sino una forma de mirar: curiosa, paciente, sin algoritmos ni repeticiones automáticas.
La nostalgia no proviene tanto de las canciones como de ese tiempo en el que descubrir música exigía atención, disciplina y un leve temor a perder algo irrepetible.
“Unbelievable” permanece en mis gustos porque quedó anclada a un momento preciso de aprendizaje y descubrimiento, en ese cruce entre la curiosidad infantil y el ruido del mundo adulto.
Es la prueba de que hubo un tiempo en el que la música llegaba sin pedir nada a cambio, salvo estar ahí: mirando, escuchando y dejando que algo se quedara para siempre.
