Para Galo, por aquel dato que me regaló esta semana, por esa conversación que empezó hablando de música y terminó abriendo una puerta que yo sola no habría encontrado. Y para Paloma, porque hay personas que siguen presentes en las conversaciones que provocaron y en la música que nos enseñaron a escuchar.

Hay canciones de protesta a las que el tiempo les pasa por encima. A ésta, el tiempo se le metió adentro.

En el minuto 1:52 de “Rock the Casbah” aparece una alarma. Un pequeño sonido electrónico, casi ridículo, se mete en la canción. Es el reloj digital de Mick Jones. Y lo extraordinario no es que haya quedado registrado: es que nadie sintió la necesidad de borrarlo. La canción sigue. El reloj sigue. La revuelta sigue.

Ahí empieza, para mí, la verdadera radiografía de esta canción.

“Rock the Casbah” apareció en Combat Rock, en 1982, cuando The Clash ya había estirado el punk hasta lugares donde el género dejaba de ser una etiqueta y empezaba a convertirse en una actitud musical. Aquí hay batería, bajo, piano, guitarra, ecos de reggae, funk y una energía que no pide permiso para cambiar de dirección.

Topper Headon fue fundamental. Construyó buena parte de la base instrumental: batería, bajo y piano. Y ese piano importa. Le da a la canción algo inesperado: movimiento. No parece una canción que quiera quedarse quieta para protestar. Quiere que bailes mientras te cuenta que alguien está intentando prohibir que bailes.

La historia es sencilla y delirante: un gobernante quiere acabar con el rock. El rock, por supuesto, no coopera.

“The Sharif don’t like it”
(Al Sharif no le gusta)

Y la respuesta llega inmediatamente:

“Rockin’ the Casbah”
(Rockeando la Casbah)

La canción convierte el desacato en ritmo. No necesita levantar un discurso: pone a bailar la prohibición.

Y Joe Strummer entra ahí como si corriera detrás de las palabras. No canta esta historia: la empuja con la garganta. Hay urgencia, mordida, una voz que parece estar siempre un segundo delante de la música. La guitarra de Mick Jones no suaviza nada; corta, insiste, deja que la canción conserve esa sensación de peligro incluso cuando el ritmo invita a moverse.

El escenario es una especie de Oriente imaginado por The Clash: sharifsheikhBedouin, casbah, minaretes, aviones y rock. La canción nació en el clima político posterior a la Revolución iraní y en medio de las discusiones sobre las restricciones religiosas a la música, pero no pretende ser una crónica. Es una fantasía política, una caricatura donde el poder intenta imponer silencio y termina descubriendo que una canción puede viajar más rápido que una orden.

Y entonces vuelve aquel pequeño reloj.

Lo maravilloso es que la alarma de Mick Jones no tocaba un sonido cualquiera: reproducía electrónicamente “Dixie”, una canción estadounidense del siglo 19 que quedó históricamente asociada con el sur de Estados Unidos y, posteriormente, con la identidad confederada. Un fragmento diminuto de otra época se cuela en una canción que ya está hablando de poder, territorio y prohibición.

No hace falta exagerar el significado. Basta escucharlo.

El tiempo se coló en “Rock the Casbah” y The Clash decidió dejarlo ahí.

Hay otro dato curioso, y éste no lo encontré yo: me lo pasó Galo. Rachid Taha, músico argelino, entregó a The Clash una maqueta de su grupo Carte de Séjour cuando se encontraron en París en 1981. Años después sostuvo que aquella grabación pudo haber influido en la canción. No hay evidencia suficiente para decir que la canción de The Clash sea originalmente árabe; esa versión simplifica demasiado la historia. Lo que sí ocurrió es que Taha terminó grabandola, su propia versión en árabe, como homenaje.

Y quizá eso sea lo que más me gusta de esta canción: nada permanece completamente quieto dentro de ella. El punk se vuelve bailable. La protesta se vuelve fiesta. Una alarma entra en la grabación. “Dixie” aparece durante unos segundos. Una canción inglesa imagina una casbah. Un músico argelino devuelve la canción en árabe.

Todo se mueve.

Incluso el tiempo.

 

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