Hay vientos que anuncian tormentas y otros que llegan cuando la tormenta ya ocurrió.  El Mistral pertenece a los primeros por naturaleza y a los segundos por metáfora.

Es un viento poderoso, frío y seco que desciende hacia el Mediterráneo por el valle del Ródano, en el sur de Francia. Puede soplar durante días, alcanzar velocidades violentas y transformar de golpe el paisaje: sacude árboles, limpia nubes y deja tras de sí un cielo de una claridad casi brutal.

En “End of Night”, Tears for Fears convierte esa fuerza invisible en algo mucho más íntimo: el viento que entra después de una larga noche interior.

La canción es la novena pieza de The Tipping Point, el álbum con el que Tears for Fears regresó en 2022 después de casi dieciocho años sin publicar un disco de estudio. Pero el tiempo transcurrido es apenas una parte de la historia.

Roland Orzabal había atravesado la muerte de su esposa Caroline en 2017, después de años marcados por su enfermedad. Buena parte del álbum quedó inevitablemente impregnada por el duelo, la ausencia y esa extraña geografía que deja una persona cuando desaparece.

Por eso resulta significativo que, cerca del final del recorrido, aparezca “End of Night”.

“Mistral came along just like a hurricane
Blew down all the walls and gave me life again
Turned the world around
Blinded me with sound”

(El Mistral llegó como un huracán,
derribó todos los muros y me devolvió la vida.
Puso mi mundo de cabeza
y me cegó con su sonido)

No llega como una negación de la oscuridad, sino como su consecuencia. La noche ha ocurrido. El dolor ha dejado cicatrices. Y entonces aparece el Mistral.

Roland Orzabal explicó que la canción nació durante una estancia en el sur de Francia, cuando experimentó aquel viento feroz.

En la pieza, esa experiencia física termina convertida en una imagen de renovación: una fuerza exterior capaz de entrar donde uno ya no consigue mover nada por sí mismo. El Mistral es, en realidad, el gran protagonista invisible de la canción. No tiene rostro, pero actúa. Empuja, atraviesa, derriba y limpia.

Es posible imaginarlo entrando por las grietas de una casa cerrada durante años, levantando el polvo acumulado sobre los recuerdos y abriendo ventanas que alguien había decidido no volver a tocar.

Hay dolores que se parecen precisamente a una habitación sin aire: uno aprende a respirar dentro de ellos hasta olvidar que afuera todavía existe el mundo. El Mistral viene a recordarlo de la manera menos delicada posible. Y ésa es la belleza de la metáfora. Los verdaderos vientos de cambio rara vez llegan como una brisa amable.

El viento arranca hojas muertas precisamente porque el árbol necesita dejarlas ir. Desordena antes de limpiar. Derriba antes de permitirnos ver el horizonte. La pérdida es movimiento. Es Mistral.

 

Comentarios

Comentarios