“Salí por la puerta. No quedaba ningún recuerdo”

La frase pertenece a Joel Barish, el protagonista de “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”. Joel acaba de someterse a un procedimiento para borrar de su memoria a Clementine, la mujer de la que se enamoró y con la que terminó mal. La película de Michel Gondry imagina una posibilidad tan tentadora como terrible: si amar a alguien también significa cargar con su ausencia, quizá la solución sea no recordar.

Beck aparece en esa historia de una manera casi perfecta. Su versión de “Everybody’s Got to Learn Sometime” acompaña uno de los momentos finales de la película, cuando Joel y Clementine se encuentran otra vez después de haberse borrado mutuamente.

Ahora, más de veinte años después, Beck vuelve a hablar de lo que queda cuando alguien se va.

Sólo que esta vez no intenta borrarlo.

Lo convierte en canción.

“Ride Lonesome” abre el nuevo disco de Beck, publicado el 18 de septiembre de 2026, después de siete años sin un álbum de material completamente nuevo. Es un disco atravesado por la pérdida, el desamor y esa clase de soledad que aparece cuando una vida cambia y uno todavía está aprendiendo a reconocerla.

“You got to cry a river”

(Tienes que llorar un río)

Y después seguirlo hasta casa, solo.

Es una imagen sencilla, pero ahí está todo. Beck convierte el dolor en un trayecto: hay algo que tienes que atravesar antes de volver a casa. No puedes saltarte el río. No puedes tomar otro camino para evitarlo. Y al final llegas solo porque la persona con la que alguna vez imaginaste regresar ya no está.

“She is gone.”

(Ella se ha ido)

Tres palabras. Un pronombre. Y todo lo que queda después.

Beck no dice quién es ella. No cuenta cómo terminó la relación ni intenta reconstruir una historia de amor. La canción comienza cuando ya ocurrió lo irreversible. Alguien se fue y ahora hay que vivir con la versión de la vida que quedó después.

Eso es lo que vuelve tan reconocible la canción. Porque perder a alguien no consiste únicamente en dejar de verlo. También significa acostumbrarte a que ya no puedes llamarlo para contarle algo, a que una calle existe aunque ya no la camines con esa persona, a que una canción puede devolver una conversación que creías olvidada. La ausencia ocupa lugares concretos.

Y quizá Beck conoce bien esa clase de paisaje.

El hombre que hizo “Loser” en 1993 llegó a convertirse en una de las figuras más impredecibles de la música de los noventa. Aquella canción mezclaba folk, blues, hip-hop y una producción casi casera, y su éxito fue tan inesperado que ni siquiera Beck parecía tener claro qué iba a pasar con ella. Después vendrían Odelay, Mutations, Midnite Vultures, Sea Change, Morning Phase y una carrera construida precisamente sobre la posibilidad de no repetirse.

Pero hay algo distinto en el Beck de “Ride Lonesome”.

Ya no está buscando una máscara.

La canción se mueve por el territorio que había explorado en Sea Change y Morning Phase: guitarras acústicas, arreglos contenidos, cuerdas y una producción que deja mucho espacio alrededor de la voz. Para grabarla volvió a trabajar con músicos de aquellas etapas, Smokey Hormel, Joey Waronker, Justin Meldal-Johnsen, Roger Joseph Manning Jr. y Jason Falkner; y Nigel Godrich volvió a encargarse de la mezcla. El propio Beck ha hablado de cómo, aunque eran las mismas personas, todos regresaron a ese estudio después de haber vivido muchos años más.

También está la Martin D-28 que aparece en el corazón de este sonido. Es una guitarra acústica de cuerpo grande, profunda y resonante, uno de los instrumentos más reconocibles de la tradición folk estadounidense. Beck tiene una D-28 de antes de la guerra y ha dicho que tocar un acorde de Mi en ella le hace pensar inmediatamente en Hank Williams y en esa sensación que llama “world-weariness”: el cansancio de quien ha vivido lo suficiente para conocer la pérdida.

Eso explica mucho de “Ride Lonesome”.

No suena como alguien que intenta descubrir qué hacer con la tristeza. Suena como alguien que ya sabe que algunas cosas no se resuelven; se atraviesan.

Y ahí Beck se distancia por completo de aquel muchacho que cantaba “Loser”. No porque haya dejado atrás al músico que era, sino porque el tiempo le permitió llegar a un lugar donde ya no necesita esconder la vulnerabilidad detrás de la ironía, la experimentación o el juego. En una entrevista reciente, Beck dijo que le tomó mucho tiempo tener el valor de ser así de directo y emocional.

Por eso la canción vuelve, inevitablemente, a Joel Barish.

Joel quería despertar sin Clementine en la cabeza.

Beck escribe desde el lugar en el que eso no sucede.

Desde el lugar en el que todavía recuerdas la voz, la cara, la costumbre, el lugar que ocupaba alguien cuando todavía estaba contigo. Desde ese punto en el que sabes que una persona puede desaparecer de tu vida y seguir viviendo dentro de ella de una manera mucho más silenciosa.

Porque quizá ese es el verdadero problema de la memoria: no necesita conservar una historia completa. Le basta con conservar una persona.

Y cuando recordar duele demasiado, aparece la fantasía del olvido.

No como una cura.

Como una salida de emergencia.

Como el último recurso.

 

 

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