Esa primera atracción de los días de escuela casi nunca tenía que ver con la sexualidad, sino con el descubrimiento inocente de la presencia del otro… y, normalmente, esta destinada al fracaso.

Era la sensación de que alguien volvía más ligeros los días rutinarios entre tareas, uniformes y timbres de salida. Un amor hecho de nervios pequeños, ternura y melancolía donde importaba más sentirse visto, acompañado y especial que cualquier deseo físico.

Todos en este momento recordamos a esa persona que nos emocionada por el simple hecho de existir.

¿Qué será de ella actualmente?

La letra de “Class Historian” de la banda estadounidense de indie rock BRONCHO narra el proceso mental y los nervios de un hombre que intenta reunir el valor para pedirle el número de teléfono a una mujer que fue ese primer amor.

La canción retrata la torpeza, la nostalgia y los nervios de un hombre que intenta reunir valor para acercarse a una mujer y pedirle su número, mezclando el recuerdo adolescente con la incomodidad emocional de la adultez.

Nace de una experiencia real de Ryan Lindsey, vocalista de la banda, quien en preparatoria fue nombrado “Class Historian”, el alumno encargado de documentar los recuerdos escolares para el anuario.

Años después, al ser invitado a una reunión de exalumnos a la que nunca asistió, imaginó una versión ficticia de sí mismo intentando coquetear con una madre soltera que conocía desde la escuela.

Por eso la canción tiene ese tono entre melancólico y acelerado: habla del primer amor, de los recuerdos escolares que nunca desaparecen del todo y de cómo, incluso de adultos, seguimos sintiéndonos inseguros frente a alguien que nos gusta.

“Single mama I wanna get that number
You look as strong as you did before
But you know old time, one to one
Class historian”

(Mamá soltera, quiero conseguir tu número,
te ves tan fuerte como antes,
pero ya sabes… los viejos tiempos, cara a cara,
historiador de la clase)

Años después, reencontrarse con alguien que alguna vez nos aceleró el corazón también implica aceptar una verdad incómoda: el tiempo no sólo transformó su cuerpo, también transformó nuestra memoria.

A veces uno busca en ese rostro envejecido a la persona que iluminaba los pasillos de la escuela o hacía especiales los días más simples, pero descubre que ambos ya cargan cansancios, pérdidas y versiones nuevas de sí mismos.

La emoción puede seguir ahí, aunque distinta: menos idealizada, menos perfecta, pero más humana.

Algunas veces simplemente desaparecieron o murieron.

Somos el eco de esas persona que recuerdan cuando todavía éramos capaces de sentir el mundo con una intensidad irrepetible.

 

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