“There is a crack in everything. That’s how the light gets in”

(Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz)

Hay frases que uno entiende cuando las escucha y otras que necesita vivir para comprenderlas.

“Anthem”, de Leonard Cohen, pertenece a las segundas.

Cohen trabajó esta canción durante una década. La escribió, la reescribió, llegó a grabarla varias veces y volvió sobre ella porque sentía que todavía había algo falso en lo que estaba diciendo. Necesitaba encontrar una verdad que pudiera sostener.

Y quizá por eso “Anthem” no suena a una canción que quiera arreglar el mundo. Habla desde otro lugar: desde aquello que se rompe, desde la imperfección, desde la posibilidad de que algo siga entrando por ahí.

En 1992 apareció en The Future, un disco atravesado por la oscuridad de su tiempo, pero también por esa insistencia tan Cohen en encontrar algo humano dentro de ella.

Hay otra línea que siempre vuelve: “Ring the bells that still can ring” (Las campanas que todavía puedan sonar).

No todas.

Las que todavía puedan.

Me gusta pensar que ahí está la diferencia entre quedarse en la pérdida y empezar a vivir después de ella.

Yo conocí una grieta así.

Lo conocí en 2018. Su mirada me descolocó desde el principio y tuve esa certeza difícil de explicar de que su paso por mi vida sería importante. Lo amé con una pureza y una inocencia que hoy recuerdo sin vergüenza. Sin calcular cuánto podía durar ni cuánto podía costarme.

En 2024 terminó.

Y durante dos años hice algo que quizá sólo ahora entiendo: escribí cada viernes.

Un viernes por la ausencia. Otro por la rabia. Otro por la memoria. Otro porque una canción me lo devolvía. Escribí cuando todavía esperaba respuestas y también cuando ya sabía que no iban a llegar.

Así fueron pasando los viernes.

Al principio pesaban.

Después fueron dejando de hacerlo.

Hasta que un día entendí que ya no estaba escribiendo para atravesar el dolor, sino para mirar lo que había quedado de él.

Hace unos meses volvió a buscarme.

Y fue extraño descubrir que aquello que durante tanto tiempo imaginé que necesitaría ya no era necesario.

No necesitaba una explicación.

No necesitaba volver.

No necesitaba abrir una puerta que había tardado tanto en cerrar.

Sólo pude decirle:

“Sigue tu camino lejos del mío”.

Y seguí con el mío.

Eso también me hizo entender otra parte de “Anthem”: la luz no borra la grieta. No hace como si nunca hubiera estado ahí.

Simplemente cambia lo que significa.

Hay una parte de mi corazón que quedó en aquella historia. No necesito negarlo para saber que estoy bien.

Porque también quedó algo más.

Todo lo que aprendí después.

La capacidad de soltar.

De recordar sin regresar.

De escuchar una canción y no buscar a nadie en ella.

De mirar hacia atrás sin querer volver.

Este 16 de agosto se cumplen dos años.

Dos años desde aquella historia.

Dos años de viernes.

Y este será el último.

No porque haya dejado de importar.

Porque ya no necesito escribir sobre el dolor para saber que se fue.

Los viernes ya viven en otro lugar.

Y quizá ésa sea mi manera de entender ahora a Cohen:

No todo lo roto necesita volver a ser como antes.

A veces basta con que la grieta deje de ser oscuridad.

A veces basta con que, después de todo, entre la luz.

 

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